El Vía Crucis
El Vía Crucis es una oración que nos invita a acompañar a Jesús en los momentos de su Pasión: desde que es condenado a muerte hasta que entrega su vida en la Cruz y es colocado en el sepulcro.
Cada estación nos detiene ante una escena concreta: Jesús carga la cruz, cae bajo su peso, se encuentra con su Madre, recibe la ayuda del Cireneo, consuela a las mujeres, es despojado, clavado en la Cruz y entrega su vida por nosotros. Paso a paso, la Iglesia nos ayuda a contemplar el sufrimiento del Señor no como una derrota, sino como el camino por el cual Dios quiso vencer el pecado y la muerte, y abrirnos las puertas de la vida eterna.
Al recorrer este camino, también nosotros traemos nuestras propias cargas: cansancios, heridas, culpas, enfermedades, preocupaciones familiares, duelos o preguntas que no siempre tienen una respuesta fácil. Pero esas realidades, por sí solas, no son todavía la cruz en sentido cristiano. Son sufrimientos que atraviesan todos los seres humanos, creyentes y no creyentes.
La cruz aparece cuando decidimos llevar esas cargas según la enseñanza y el ejemplo de Jesús: no desde la queja, la desesperanza o el egoísmo, sino desde la confianza, la entrega y el amor. Así, la cruz cristiana no es cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento asumido con Cristo, a la luz de su verdad, y transformado por Él en camino de salvación.
En este santuario, bajo la mirada maternal de Nuestra Señora de Lourdes, el Vía Crucis adquiere, además, un sentido especial. María estuvo junto a Jesús en la hora de su Pasión y permanece también junto a nosotros cuando la vida se vuelve difícil. Ella no quita mágicamente el dolor, pero nos ayuda a permanecer de pie, a confiar y a unir nuestra vida a la entrega de su Hijo.
Al comenzar este recorrido, podemos pedir la gracia de caminar con el corazón abierto, para que cada estación nos ayude a reconocer el amor de Jesús, que nos dice: “No teman, yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo”.

