El Bautismo
El Bautismo es el primer sacramento de la vida cristiana. Es el fundamento de toda vida cristiana y la puerta para los otros sacramentos. Por él comenzamos a vivir como hijos de Dios, somos unidos a Cristo y entramos a formar parte de la Iglesia.
Algunas veces, el Bautismo puede parecer solamente un rito social con agua, pero en realidad es infinitamente más. A través del signo humilde del agua, el Espíritu Santo nos limpia del pecado original y nos hace miembros de la familia divina; es decir, nos introduce en la vida íntima del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Por el Bautismo, nuestra vida queda unida a la de Jesús: a su muerte y a su resurrección. Por eso, el Bautismo es como un nuevo nacimiento. Morimos al pecado para comenzar a vivir como hijos de Dios.
El Bautismo también nos incorpora a la Iglesia. Nadie se bautiza para vivir la fe de manera aislada. Desde ese momento, el bautizado pasa a formar parte de una familia más grande: el Pueblo de Dios. Por eso, cuando se bautiza un niño, la fe de los padres, de los padrinos y de la comunidad tiene tanta importancia. Esa gracia recibida debe ser cuidada, alimentada y ayudada a crecer.
Por eso, el Bautismo no termina el día de la celebración. Ese día comienza un camino. La gracia bautismal está llamada a desarrollarse durante toda la vida: en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, en la Misa, en la Confesión, en la caridad y en el deseo de llegar algún día a vivir para siempre en el Cielo.
Por todo esto, el Bautismo deja en el alma una marca espiritual que no se borra jamás. Dios nos hace suyos para siempre. Aunque una persona se aleje, aunque olvide su fe o atraviese momentos de oscuridad, esa pertenencia profunda permanece como una llamada de amor.
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